Adiós a Joachim Ziemmsen

Ayer me puse a releer La Montaña Mágica de Thomas Mann. Debido al aburrimiento, a lo burgués de la historia y que realmente me importaba un salami el tal Hans Castorp protagonista de la historia, me puse a pasar páginas pa la izquierda con impaciencia en busca de descubrir la historia de un personaje segundario, primo del prota llamado Joachim Ziemmsen.

 ¿Nunca les ha ocurrido que están viendo o leyendo una historia y no te inclinas por saber las vicisitudes del, de la o de los protagonistas, sino que te vas por la izquierda y balanceas tu interés por un personaje menor, dígase inferior, con la esperanza de que el autor le ponga un final feliz y prolongado a su historia? Pues eso mismo me pasó a mí (me pasa muy a menudo; los protagonistas son muy aburridos). En fin, que buzeando el libro y leyendo trazos de su historia adelantándome al separador de libros. Al final muere. Joachim Ziemmsen salé de la historia. Punto y final. Pero lo reseño, aunque no tenga mucha importancia para usted lector, porque leyendo su muerte y los episodios finales de su muerte, me encontré llorando. ¿Llorando? ¿Cómo? Sí, llorando. Me conmovió el primo Joachim, un muchacho sencillo, hasta cierto punto inocente, simpático, correcto, amable, de voluntad férrea y poca conversación, amante del servicio militar. Él era uno de esos hombres que lo hacen mirarse a uno por dentro con dolor.

Enamorado de una rusa maltramada a la que nunca le habló, luchaba contra la tuberculosis que lo tenía por un año y ocho meses en una especie de sanatorio-hospital en las montañas hasta que un buen día se jartó y decidió poner fin a la monotonía horizontal en la que estaba, y se marchó a la milicia sabiendo lo que podía pasarle por no terminar el tratamiento. Él era uno de esos hombres que no dudan, que asumen todo el peso de sus decisiones con elegancia, que soporta sus dolores callados. Me conmovío su muerte por que murió feliz, porque había logrado hacer lo que le gustaba, lo que siempre soño para él (Joachim regresa al hospital despúes de unos años al lado de su primo quien se alegró de verlo regresar el muy desgraciado; y murió por que su enfermedad se agravó). Era uno de esos hombres que nacen sabiendo de antemano que van a hacer con sus vidas, que camino tomar. Y a mí sin duda me gustaba su caracter. Dios, cómo me conmovió su muerte tan melancólica, tan aceptada tan estoicamente, pero en cierto modo feliz y en paz porque ejerció el servicio militar que tanto amaba, y por que experimentó lo que era el amor.

Mis lágrimas fueron en verdad agrias al darme cuenta que ese hombre, esa clase de hombres que brillan con la sencillez de su espiritud y sin muchos aspavientos, conminados al deber y la acceptación valiente de su trágico destino. Y es realmente triste que una luz se así extinga del mundo. Realmente triste.

“…Dos surcos se habían abierto en la piel amarillenta de su frente, entre los ojos que, aunque profundamente hundidos en las órbitas óseas, eran más bellos y más grandes que nunca, a los cuales Hans Castorp podía mirar sin sentir desazón, pues, desde que Joachim se hallaba en cama, toda turbación, toda inquietud y toda incertidumbre habían desaparecido, y únicamente aquella luz percibida en otro tiempo era visible en sus profundidades serenas y oscuras…”

“…su rostro estaba ahora encuadrado en una especie de collar de barba negra, de una barba de guerrero, como la que los soldados se dejan crecer en campaña y que, según su opinión de todos, le daba una belleza viril. Sí, Joachim de joven se había convertido en hombre maduro a causa de esa barba, y sin duda no solamente a causa de ella. Vivía deprisa, como un mecanismo de reloj que se estropea, franqueaba al galope las edades que no le era concedido alcanzar a tiempo, y durante las últimas veinticuatro horas se conviertió en un anciano…”

“… A las siete murió…”

“…Todo había terminado…”

— La Montaña Mágica, Volumen II, Thomas Mann

— Aún después de haberlo leído hace ya mucho tiempo, al volver sobre aquellos pasajes, no puedo evitar que se me tensen los nervios y se me agüen los ojos. Que cosa tan curiosa y tan triste, la odisea de la vida se acaba en un soplo leve. Y hasta mañana.—

Adiós a Joachim Ziemmsen, el “teniente”.

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Original de su original

 “El hombre no ha sabido organizar un mundo para sí mismo y es un extraño en el mundo que él mismo ha creado.” –  Alexis Carrel
 “Vivimos bajo el mismo cielo, pero ninguno tenemos el mismo horizonte” – Konrad Adenauer

Uno hace excusas para sobrevivir al vértigo.

Uno hace excusas para continuar sobreviviendo en el vértigo.

La sociedad es vértigo. Una naúsea gigante, gelatinosa, envolvente.

Una naúsea llena de cabecitas.

Uno hace excusas para hacerse el fuerte.

Uno se tuerce, se contonea y brinca en nombre del equilibrio.

Equilibrio social que azota puertas en la cara.

Uno pasa los cerrojos y no deja que entren las brinas y las hojas de otoño.

Ni percibimos las estaciones que cambian y nos echan un centimetro más de cabeza.

Uno siempre quiere ser otro.

Excepto aquellos que ya son otros.

Uno quiere ser único.

¡Y lo es!

Pero no nos gusta mirarnos en el espejo.

Ser único implica ser diferente al resto.

Ser diferente significa no encajar.

No encajar significa quedarse afuera.

Estar solo.

Pero, Uno ya llegado a la conclusión,

de que es mejor vivir con esa unicidad dentro de lo impar,

dentro de lo que siempre será impar;

que ser un cara pálida pisando un piso de vidrio, equilibrio módico, parcial.

Uno es una mujer que desde hoy quiere vivir como un ente universal único, fuera del molde.

Uno quiere ser el original de su original.

FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!

MEJOR AÑO NUEVO!!!

DE VERDAD, PANSELA MEJOR QUE SIEMPRE!!!

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